Descubrimiento del año: pertenecer a un club de lectura

Con 5 ó 6 años, más o menos, mi madre me compró la colección del abecedario de libros ilustrados de Barrio Sésamo y todas las noches me daba una letra para leer. Después pasé a la colección de “El Cuerpo Humano” (la vida es asíiii, llena de luz llena de colooooorrr….). Pasé toda mi infancia y mi adolescencia con un libro entre las manos gracias a que El Barco de Vapor tenía cuentos y novelas para una buena escala de edades y a que Harry Potter me mostró un sinfín de posibilidades con el descubrimiento de las sagas.

Y dicho esto, siempre me he considerado una lectora voraz, hambrienta. Prefiero sentarme a leer que hacer cualquier deporte, jugar con una video consola o salir de fiesta. Bueno esto último cambió de posición en mi lista de prioridades al cumplir los 18. Sin embargo, he estado muy equivocada. Sí, toda la que me conoce sabe que mi postura favorita es con un libro entre las manos (y si puedo tener cerca un café con hielo o un BigMac, más todavía). Pero no he sido una culturetis. Hasta ahora.

Me acuerdo de una vez que le dije a mi amiga María que, como buena estudiante de periodismo, leía muchísimo y más high level que yo: “tía, necesito ser más culta, leer las mismas cosas que tu, ¿cómo le encuentras el interés a los libros sin diálogo?”. Me respondió: “no compres best-sellers“. Y entonces intenté leer más culturetis o cosas diferentes a las que estaba acostumbrada, sin dejar nunca a Isabel Allende de lado. Ella siempre me daba buenos consejos, tenía las palabras exactas, breves, intensas, que conseguían cambiar mi chip mental. Como otra ocasión en la que le pregunté “tía, ¿cómo consigues ligar tanto?”, y ella me respondió “Isa, tienes que echarle más cara”. El mejor consejo del mundo para pasar veranos entretenidos con el tema… Lo único que en el caso de los libros tampoco acabó de cuajarme del todo porque acababa cayendo en top ventas, en libros con muchos guiones (aKa diálogos y facilidad de lectura) y en obras cuya guarda casi era mejor que el interior.

Muchos libros de verano y menos libros de pensar. Mucha Elisabeth Benavent y nada de Kundera. Ahora, a mi marido (entonces mi novio) le venía fenomenal…

La cuestión es que, desde hace unos tres años a esta parte, me enfoqué muchísimo en las lecturas de crecimiento personal y laboral. Olvidándome por completo de lo que me solía provocar el hecho tener un libro, la emoción de leer y evadirme y volar a otros lugares y vivir miles de historias. Así que, en primera instancia, para volver a mi camino inicial, que no era malo pero sí que podía mejorarse, me apunté en la escuela de Camila y Clara Obligado a un curso de escritura creativa. Gracias a esto, a los ejercicios y los ejemplos, conocí muchísimos autores y autoras y me sorprendí leyendo ensayo, queriendo entender a Cortázar e inspirándome en Hemingway. Conocí a Edgar Allan Poe, Truman Capote, Tobías Wolf, Amy Hempel…

¿Que como buena “lectora empedernida y voraz” tenía que haber llegado al curso con todo esto ya más que sabido? Sí. ¿Que muchas veces la educación no te ayuda y no te insta a descubrir y desgranar los clásicos? También. ¿Que para mí, como buena pueblerina a la que le chifla el refranero español “nunca es tarde si la dicha es buena”? EVIDENTEMENTE.

Años después de este curso, intenté seguir interesándome por todo lo que había aprendido. No fue así. Seguí en ese circulo eterno de los libros de autoayuda, erotico-festivos y de promoción del trabajo cuando eres autónoma.

He vuelto a Valencia. Nada más volver, me enteré por una amiga, que una chica iba a abrir una librería en la ciudad y que probablemente necesitaría apoyo en sus primeros meses. Pues nada, si una mujer emprende, en mi ciudad, en un negocio que muchos creen que está muriendo pero se mantiene más elevado cada año, una librería, lo que supone papel y libros y cubiertas preciosas, en una calle bonita… Le doy mi apoyo y desde el primer momento he acudido a varios de los eventos que ha hecho. Me venía bien también para volver a los planes de mi tierra, la verdad sea dicha.

Por otro lado, llevaba tiempo, desde que leí “El Club de los Viernes”, queriendo pertenecer a un club de lectura. Por febrero o marzo de este año me enteré que Fiona (la librera) había montado uno y le pregunté. Me dijo que podía unirme sin problemas, que las chicas eran majísimas, que se hablaba de todo y que los libros que estaban leyendo se elegían democráticamente y estaban triunfando. Oh yeah! Entré en el grupo en un momento en el que estaban escribiendo un relato entre todas y me otorgaron el final. Me sentí muy afortunada y desde entonces este sentimiento no ha hecho más que crecer.

Collage por Isabel Mora @ismora_design para las "Señoras y Lectoras".

En primer lugar, pertenecer a este grupo de lectura ha supuesto conocer a mujeres, como diría Bisbal, increíbles, con las que conecto y entre las que estamos creando un vínculo que no solo tiene que ver con los libros. En segundo lugar, me está ayudando a reencontrarme o a implementar a esa Isa lectora, que volaba, soñaba y creaba siempre con un libro entre las manos. Me está ayudando a trabajar en la autoestima y en el síndrome de la impostora, pues leyendo obras que no habría seleccionado nunca por mí misma y conociendo otras que recomiendan las señoras, siento que estoy retomando el buen uso del lenguaje, que mi mente y mi corashón reciben estímulos buenos, que estoy más creativa y que todo esto influye en verme a mí misma también como una mujer increíble. En tercer lugar, me aporta muchísima tranquilidad. Es mi foco en la vida: la tranquilidad. De alguna forma el club de Señoras y Lectoras, me la regala, sin saberlo, y me está ayudando a que la terapia a la que me rendí, por no poderle poner fin por mis propios medios a la nube de pensamientos constantes de mi cabezota, surta efecto real.

Además de todo esto, se ha creado un espacio completamente seguro para dar voz a tus opiniones, normalmente las que se generan de lo que leemos en común, pero también a las que me despiertan ciertos temas que debatimos desde el respeto y con una cerveza delante. Siento que me escuchan, sin juzgar, y que yo trabajo también la escucha activa con ellas para aprender de sus experiencias y de su forma de ver la vida.

Algo que me encanta es que el hecho de compartir un libro, de hablar sobre él, de debatir sobre los temas que puede plantear o la forma en que los plantea, también ayuda muchísimo a retenerlo. Me pasaba muchas veces que me leía libros y me quedaba solo con la sensación de si me había gustado o no, no de los temas tratados o del argumento. También me ocurría que no tenía una lectura activa, crítica, y claro, tampoco recomendaba desde el conocimiento completo, si no desde la invención a partir de cosillas que me sonaban, olvidaba de los autores y autoras que había leído, no recordaba porqué elegí este o el otro, qué pensé… Nada. Ahora es diferente.

Así que, si te sientes sola, si piensas que ya no lees como antes, si estás tan enganchada a Netflix que te sacan de La Casa de Papel y ya no sabes opinar sobre nada, si necesitas un espacio para hablar y opinar sin juicios, seguro, te doy dos consejos: ten una librería de cabecera con una librera o librero que sepa lo que está vendiendo, como Fiona de La Primera (Valencia) y únete a un club de lectura (justo en La Primera acaban de cerrar el segundo, pero puedes preguntar).

Y con esto y un vinito, me despido y me pongo al solecito.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *